Antonio Elizalde Gavisu nació el 4 de enero de 1914 en Echauri (Navarra). Siguió la vocación misionera de los Hijos del Corazón de María y profesó en la Congregación claretiana el día 15 de Agosto de 1932. En julio de 1936 formaba parte de la Comunidad de Cervera y fue uno de los que hubieron de refugiarse en la finca del Mas Claret al esta-llar la persecución religiosa. Allí pasó aquellos tres meses de duro trabajo, de convivencia fraterna, de sólida piedad y de abandono total en la divina Providencia, ante la imposibilidad de una huída. En la Comunidad había ancianos y enfermos, a los que los jóvenes jamás quisieron abandonar. Llevados de esta caridad, decidieron ir todos juntos al martirio si llegaba el momento. Y así fue el 19 de octubre de 1936. Pero antes tuvieron que vencer muchas y gravísimas tentaciones contra la fe que profesaban, y contra su castidad cristiana y religiosa, sin que nadie desfalleciera a pesar de los continuos asaltos.
Antonio Mª, vocación de mártir
El 15 de marzo Antonio Mª escribía a sus hermanos: «Este es el espíritu que corre por mis venas e inunda todo mi ser. Ya no me arredra el martirio, antes lo considero como la mayor gracia que puedo recibir en este mundo»
. Salida de Cervera El dia 21 se dispersó toda la Comunidad de Cervera. El día 23, por la tarde, llegaron a Mas Claret, para refugiarse en él la mayor parte de los estudiantes que habían salido de Cervera con dirección a Solsona y que no pudieron pasar de Torá. De Torá regresaron a San Ramón, donde fueon acogidos fraternalmente por los Religiosos Mercedarios; y de San Ramón, andando, muchos fueron llegando al Mas Claret, de donde partieron la mayoría poco después. Los que definitivamente formaron el grupo de los Mártires del Mas fueron los siguientes: PP. Manuel Font, José Ribé, Julio Leache, EE. Francisco Simón, Francisco Solá, Antonio Mª Elizalde, Eusebio de las Heras, Anastasio Miguel, Emilio Pascual; HH. Francisco Milagro, Pedro Vives, José Ferrer, Dionisio Arizaleta, Juan Senosiain, Fernando Castán, Nicasio Simón, Francisco Marcos, Nicolás Campo y el donado Rosendo Poquet.
Días de trabajo y noches de catacumbas
Un testigo sobreviviente, el Hno. Francisco Bagaría, recuerda aquellos tres meses de dolor: Se trataba de una persecución religiosa. Se les mandó quemar todo signo de culto. Se les prohibió que rezaran en público o en comunidad. El dia 1 de agosto se intentó hacer apostatar a los jóvenes, recluídos en la capilla, previa separación de lo tres sacerdotes (Font, Agustí, y Calvo) retenidos en el patio. Con una serie de disparos se hizo un simulacro de muerte con el Hno. Ferrer, después de llevárselo lejos de la vista de los demás. Ante esta amenaza de martirio, respondió uno en nombre de todos: «Con la muerte vamos al cielo». El dia 1 se llevaron a los Padres Calvo y Agustí. Y el dia 2 permitieron quedarse a los Padres Ribé y Leache. El P. Leache animaba a la celebración diaria de la Misa: «Si nos matan por decir Misa, eso es ser mártires».
La castidad, signo de fe.
Era el dia 15 de agosto. Los Misioneros del Mas Claret conocían el doble martirio del Hno. Saperas en Cervera y Tárrega, defendiendo la fe con la castidad. Desconocían el mútiple martirio en Barbastro, aquella noche de la Asunción, de 20 claretianos más, después de ser víctimas de toda tentación. Hoy, fiesta de la Virgen, les toca a ellos. Milicianas provocativas son ofrecidas a aquellos jóvenes del Mas Claret. Pero todos se apiñan como hermanos. Y deciden ser fieles hasta morir.
Llegó el 18 de octubre.
Eran las cuatro y media de la tarde. Por orden del comité todos se reúnen en el patio para sacarles una fotografía. El Hno. Bagaría es separado del grupo. Lo suben al coche para llevarlo a Cervera. Pero el coche no arranca. Encierran al Hno. en un local adjunto. Y desde la ventana es testigo de la prisión de sus hermanos. Se abre el portal. Y entran numerosos milicianos armados de fusiles y ametralladoras que proceden a poner a los mártires en una columna de a cuatro en fondo. La procesión avanza entre cuerdas y seguida de un gran piquete. Van atados por un brazo. Bajan los siete peldaños de piedra que había en el patio, pasan por delante de la capilla y siguen por el camino que atraviesa el torrente. En este trayecto, perdonando a sus perseguidores, ellos mismos eran perdonados con la absolución sacramental, que los sacerdotes daban a cada uno, según manifestaron después los mismos asesinos. Los mártires se pusieron casi todos de rodillas, se daban golpes de pecho, y al recibir las descargas caían boca abajo, «como si hicieran genuflexión» comentaba un miliciano presente. ¡Madre mía! ¡Madre mía! gritaba un mártir en su agonía, hasta que fue asfixiado con un puñado de paja encendida en la boca.
Un payés, que trabaja a unos 150 metros, los vio pasar y oyó los tiros. Al poco rato una gran humareda cubrió el valle. Los cadáveres ardieron cuatro días con el fuego avivado por cuatro milicianos, desde el lunes, 19, al viernes, 23, fiesta del P. Claret, a primera hora, en que los restos fueron sepultados allí mismo.
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