El astro de la madrugada
EL ASTRO DE LA MADRUGADA
En la calle no había ni un alma. Era noche cerrada y hacía frío. El astro de la madrugada tenía su gran ojo abierto de Luna llena. Vigilaba el mundo a sus pies, no se le escapaba ningún detalle.
El hombre llegaba a casa después de su dura y larga jornada laboral. Las piernas le pesaban y la bolsa que llevaba en la espalda parecía cada vez menos ligera. Pasó un par de cruces y volvió en la esquina de la calle donde tenía su piso.
En ese momento la vio. Estaba allí, sentada en las escaleras que había justo en el portal del edificio. Estaba sentada abrazando las piernas con sus brazos y con la cabeza reposando en la pared; sus ojos miraban fijamente el cielo.
Él se acercó y ella lo miró. Ella tenía los ojos rojos y las mejillas mojadas por las lágrimas. Lo miró y le dijo:
-No puedo más, Oriol. No puedo más! - Y volvió a llorar.
-Emma! - Le acarició la mejilla - Estas helada!
Él la cogió por la mano y la ayudó a incorporarse. Cruzaron las miradas y se fundieron en un profundo abrazo.
-Me siento vacía. No puedo estar ni un segundo más sin ti.
-Subamos, preciosa. Aquí te helarás de frío.
Cogidos de la mano, en la forma que toman dos adolescentes, subieron las escaleras hasta el tercer piso. Allí, él sacó las llaves y abrió la puerta que tenía el cartel "3C". Entraron y él, preocupado por su temperatura corporal le ofreció un café caliente.
-No, - dijo ella secándose la cara con los dedos - ahora no quiero café, ahora te quiero a ti.
Sin que él pudiera reaccionar, notó como los dulces labios de la mujer se unían a los suyos en un beso cálido y húmedo. El beso más intenso de su vida. Se olvidaron pronto del frío, del café y del mundo. Abrazados, sin perder ni un instante el contacto de sus bocas, se dirigieron hacia el dormitorio y, al notar el contacto de la cama, ambos se dejaron caer sin miedo.
Se besaban y se besaban sin querer separarse. Se saboreaban el uno al otro como quien prueba por primera vez la miel. Él enredaba sus dedos entre los negros rizos a ella. Ella le recorría la espalda con los dedos como quien busca un tesoro escondido.
Él, de golpe, se separó de ella y le dijo que esperara un momento. Alargó la mano y en pocos segundos una suave melodía de una balada de un cantautor desconocido empezó a sonar del aparato que había en la mesilla de noche.
Instantes después un mar de prendas cubría el suelo de la habitación. Ellos estaban completamente desnudos, bajo las sábanas de la cama del hombre. Abrazados. Sintiendo el calor y la pasión que se regalaban el uno al otro; sintiendo como los dos cuerpos se fundían en uno solo; sintiendo como las pieles buscaban el máximo contacto del otro; sintiendo como la pasión los engullía hacia un camino sin retorno. El camino del placer máximo.
Se dieron todo lo que dos amantes se pueden dar. Cada vez con más fuerza, cada vez con más deleite, cada vez con más deseo.
Cuando la pasión llegó al umbral del placer los dos cuerpos y las dos mentes implosionaron en un conjunto de sensaciones nunca descritas con palabras por la sencilla razón de que no hay palabras que las puedan describir.
Los dos amantes, temblorosos y completamente empapados de sudor, se miraron para acabar de compartir esa sensación.
El acto había terminado pero otra cosa mas importante acababa de empezar. No se dijeron palabras, sólo suspiros.
Ella acomodó la cabeza en el pecho del hombre y así se dejaron engullir por narcótico sueño. Dormidos, juntos, sintieron algo mejor que cualquier orgasmo; sintieron que, pasara lo que pasara, nada más, nunca, los volvería a separar.