Una sola noche


UNA SOLA NOCHE


     Fuera, en la calle, la lluvia era intensa. Las gotas mojaban el suelo que no podía tragar más líquido elemento y formaban charcos que reflejaban la luz de la luna.
     Él, ante la pantalla del ordenador, acababa de escribir ese mensaje. Aquel mensaje que hacía tanto tiempo que quería escribir. Aquel mensaje que tenía reprimido en el fondo del corazón. Rodeado por la nube de nicotina que producía su cigarrillo, terminó las dos últimas frases, las más importantes. Pulsó con el puntero el botón de "Enviar" y apagó el tabaco en el cenicero. Cuando el envío había concluido, cerró el ordenador, cogió las llaves del coche y, con un portazo, abandonó el piso. Escaleras abajo, un sentimiento de liberación afloró en su corazón a la vez que una sencilla sonrisa se dibujaba en su cara. 
     En pocos minutos el coche salía del garaje subterráneo y notaba, de repente, las gotas en su fría chapa. Los limpiaparabrisas se accionaron de forma automática y le devolvieron la visión de la calle perdida por breves momentos. El hombre se sintió solo de golpe y buscó la compañía del sonido de un disco de Pep Sala. La canción que sonaba era "Si no fuera por ti". Si no fuera por ella su mundo se habría hundido hacía tiempo. 
     El coche empezó a devorar kilómetros de carretera mojada, haciendo caso omiso de la enorme cortina de agua. El hombre pisaba el acelerador cada vez con más fuerza. Quería llegar lo antes posible a su destino. ¡Cuántas veces había hecho el mismo camino sin esperanza! 
     El hombre accionó el intermitente cuando vio el cartel de Sant Sadurní y, en breve, abandonó la carretera nacional para adentrarse de lleno en el camino de su deseo. 
     Llegó a aquel pueblo y pasó unas cuantas manzanas cuando, en el punto en que su corazón latió tan fuerte que parecía que se salía del pecho, giró a la derecha y la vio a lo lejos, en aquella parada de autobús . Era una parada totalmente descubierta y la mujer se protegía con un paraguas azul de las gotas de lluvia. Ella lo estaba esperando. Lo esperaba como él sabía que ella lo haría. Ella lo esperaba con ese mensaje grabado en su memoria: 
     - "Estoy harto de esta farsa. En veinte minutos te vengo a buscar en esa parada del 23 que hay delante de aquel taller mecánico. Te prometo un viaje. No uno de esos en que tienes que hacer la dichosa cola para facturar el equipaje. Te prometo un viaje a la pasión y a la libertad. Es un viaje de ida y vuelta. No te prometo nada más. Sólo que te mostraré lo que siento. Sólo lo que quiero que sientas conmigo. " 
     El coche se detuvo y ella abrió la puerta y entró. Él la miró y no dijo nada. Arrancó el coche y no paró hasta llegar a tocar la playa. Bajaron del coche y, cogidos de la mano, corrieron por la arena, dejando que la lluvia los empapara. Cuando llegaron a la orilla del mar se detuvieron. Él se sentó en la húmeda arena. Ella se sentó en sus piernas. Cruzaron sus miradas y sin dejar de hacerlo, sus labios se fueron acercando, poco a poco, lentamente, hasta encontrar el dulce contacto del amor. 
     La lluvia fue esfumándose mientras los dos amantes se daban lo que hacía tiempo se guardaban el uno por el otro. La Luna, testigo de excepción, se escondió detrás de una nube para regalarles la intimidad que se merecían. 
     Aquella noche fue para ellos y para nadie más. Una sola noche, no habría más. Una sola noche para la pasión. Una sola noche para ir hasta donde acaba el mundo. Una sola noche para no mirar atrás. Una sola noche de suaves caricias y dulces palabras.