Se sentían
SE SENTÍAN
Eran las doce de la noche y la oscuridad les acompañaba. Sus cuerpos, sudorosos, pegados a la sábana se movían con delicadeza. Era una noche perfecta; no había una sola nube en el cielo y se podían ver las estrellas con toda su brillantez. A ellos no les importaba eso. Sólo el amor que sentían el uno por el otro y la pasión que se despertaba acaparaba toda su atención. Él le daba los besos más dulces, ella las caricias más tiernas; se sentían. Con los ojos cerrados de imaginaban el uno al otro. Él la veía bonita, con un cuerpo muy bien formado, delgado por la agilidad de sus movimientos. Ella lo veía fuerte, musculoso aunque un poco entrado en carnes; notaba todo su peso cuando él estaba encima. La belleza espiritual les había enamorado mútuamente. Combinaban la ternura que ella mostraba con la delicadeza del hombre. Eran sencillos y, quizá, por eso se amaban tanto. Ella de un golpe encendió la luz pero no les importaba. En su juego amoroso no necesitaban ni oscuridad ni luz, pero si silencio, un dulce silencio que permitiera oír los suaves suspiros de placer. Era la primera vez que se encontraban en esa situación pero parecían dominarla sin problemas. No habían visto vídeos explicativos ni habían asistido a clases particulares ni a terapias. Únicamente el instinto les llevaba a darse lo máximo el uno al otro. “Te quiero”, “Siénteme”, “Eres lo mejor que me ha pasado nunca”; palabras, palabras y suspiros se unían con el reencuentro de anhelos perdidos. La velocidad de la respiración iba en aumento y los cuerpos totalmente cubiertos por la sábana y mojados por el calor no paraban de moverse. Decidieron dárselo todo. Ya no importaba lo que pudiera pensar la gente ni los pudores que les producía una educación demasiado anticuada. El grito de ella hizo que el hombre diera rienda suelta a los manantiales del amor. Lo que tanto habían deseado llegó en esos precisos instantes sintiendo un placer desconocido por los dos amantes.
Pocos momentos después un cigarrillo era apagado en el cenicero de la mesilla de noche con un poco de torpeza.
A la mañana siguiente él, después de ducharse y desayunar un poco mientras ella dormía, salió a la calle. No iba solo; le acompañaba su fiel y necesario perro. Dejaron atrás un par de manzanas hasta llegar al lugar de trabajo. Él abrió la puerta y entró. Colgó los cupones como cada mañana y se dispuso a repartir suerte y la ilusión de todos los días.