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13.- Jésús, dimnaión divina

Tomás de Mattos, Novelista
“Quiero persuadir al lector de la dimensión divina de Jesús”
ABC dia 21 de enero de 2004
TULIO DEMICHELI
MADRID. Novelista de reconocida trayectoria: «Bernabé, Bernabé» (1988), «La fragata de las máscaras» (1996) y «A la sombra del paraíso» (1998), este abogado uruguayo relata los últimos días de Jesús de Nazareth según los recuerda un judío helenizado, Nicodemo, que se hace llamar Nakdimón. «Es la primera novela que he escrito a partir de lecturas que no hice para documentar un relato -por ejemplo, para «La fragata de las máscaras» consulté numerosos libros sobre esclavos o sobre la esclavitud-; ahora apliqué lecturas mías, personales, de toda la vida: ya desde 1975 se me fue haciendo imperioso escribir sobre Jesús».
-¿Por qué?
-Todas las novelas modernas han sido asumidas por no creyentes: Bulgakov, Mailer, Asch, Katzanzakis, Graves, Saramago; o Pasolini y Darío Fo desde el cine y el teatro... Las suyas son obras estupendas y cumplen muy bien la función de trasladar al mundo del arte la dimensión humana de Jesús. A mí me pareció que hacía falta, también, rescatar su esencia trascendente, creando una aureola mítica que persuadiera al lector de su dimensión divina, sin violentarle, de manera que un creyente y un no creyente quisieran leer la novela de principio a fin.
-¿Cómo concilia las dimensiones humana y divina de Jesús?
-Yo me preguntaba cómo el niño y el hombre que fueron Jesús asumieron la conciencia de su divinidad, porque la naturaleza humana y la divina son contradictorias. El relato es una paulatina anagnórisis, un reconocimiento que al mismo tiempo resulta, para Él, muy doloroso, pues el Padre glorioso le tiene reservada una muerte infame al Hijo. Me hubiera gustado contar a fondo -desde la conciencia de Jesús- la escena de Getsemaní, cuando tiene serias dudas de afrontar su destino y le pide: «Aparta de mí este caliz», porque ahí se manifiesta el conflicto entre las voluntades del Padre y del Hijo \. En fin, utilizo dos elementos simbólicos: el agua y la sangre, y sus colores: el blanco y el rojo (en las Bodas de Caná Jesús convierte agua en vino; en el Monte de los Olivos suda sangre; la lanzada del centurión hace brotar agua y sangre) para aludir a ambas naturalezas, la humana y la divina.
-Pero también le importa, y mucho, la dimensión humana.
-He retratado a un Jesús palestinizado, lejos de la imaginería que lo muestra rubio y con ojos azules. Para mí era un judío más y lo que me importaba era el hombre que compartía nuestra humanidad: el que llora al saber la muerte de Lázaro; el que se muestra iracundo y arroja a los mercaderes a latigazos fuera del Templo; el que lanza furiosas diatribas contra los fariseos; el que muestra gran ternura por las mujeres y los niños. Era un hombre totalmente libre de prejuicios, tanto que a quienes lo ven como un personaje «democrático» que predica el amor a los pobres, hay que recordarles que se sienta a la mesa del publicano, un cobrador de impuestos, alguien a quien hoy llamaríamos colaboracionista.
-María tiene mayor protagonismo en su novela que en los Evangelios.
-María me parece una figura humana superlativa. Si quería rescatar a Jesús de muchas mixtificaciones, creo que su figura padece aún muchas más. Yo quería recuperar a María, madre y mujer, que vive momentos extraordinarios, como la Anunciación, o de gran iniciativa, como en las Bodas de Caná. En la novela también hay otras mujeres muy fuertes: Magdalena, María de Betania, Marta; y algunas inventadas, como Ruth...
-A través de María sabemos de la infancia de Jesús, apenas tratada en los Evangelios canónicos y de la que se ocupan los apócrifos.
-Voy a contracorriente de los apócrifos, que nos muestran a un Niño Jesús travieso pero milagroso. Para mí, era un niño normal y corriente, no sabedor de su destino, al que su madre considera como tal y al que sólo Simeón y Ana tratan como Mesías. Ella lo ve crecer y cómo, a pesar de los anuncios que le han hecho, necesita mamar, se hace sus necesidades, y ella lo cuida y lo instruye. Al tiempo tiene que escuchar: «Una espada te atravesará el corazón».