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Capitulo General 2009 - Abella

 HOMILIA PARA LA MISA DEL DÍA 13 DE AGOSTO

 

 

Primera lectura:  2Cor 4,7-15

Evangelio:  Jn 15,18-21

 

 

1. Es significativo para todos nosotros comenzar nuestro itinerario capitular el día de la memoria litúrgica de los Beatos Mártires Claretianos de Barbastro.

 

Precisamente al inicio del Capítulo, que es la expresión más significativa de la comunión universal de todos los que nos sentimos convocados por aquel carisma misionero que sustentó y motivó a nuestros hermanos mártires, celebramos agradecidos su memoria.

 

En este momento, en que nos disponemos a recoger el discernimiento que han realizado nuestros hermanos durante este último año y a buscar, a partir de él, las prioridades que han de orientar la vida de la Congregación durante el próximo sexenio, recordamos el testimonio de nuestros mártires que supieron anteponer a todo su adhesión incondicional a Jesús y el deseo de responder a la llamada a seguirlo en la vida misionera claretiana.

 

¡Qué bello e inspirador su testimonio! Será una bendición para la Congregación si el Capítulo lo sabe recoger y permite que inspire su discernimiento y sus decisiones.

 

 

2. La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ofrece unas claves importantes para asimilar el testimonio de nuestros hermanos mártires.

 

Hay algo que aparece con toda claridad en el Evangelio de Juan: si han perseguido al Maestro, también perseguirán a los discípulos. Lo anunció Jesús claramente en el sermón de la montaña: “Bienaventurados seréis, cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (Mt 5,11). Lo leemos también en el Evangelio de Lucas: “¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de este modo trataron sus padres a los falsos profetas” (Lc 6,26)

 

La persecución y la cruz están siempre presentes en el camino del discípulo que se mantiene fiel a Jesús. Y aquí la palabra clave es “fidelidad”. Si los motivos que provocan la persecución son aquellos mismos que llevaron a Jesús a la cruz, sabemos que estamos en el camino del Reino y sabemos también que es un camino que culmina en la resurrección y es fuente de salvación para todos.

 

Pero nos toca vivir esta realidad en la ambigüedad de nuestra psicología llena siempre de temores y de nuestra fe acosada siempre por la duda.  “Llevamos este tesoro en vasijas de barro”, nos dice Pablo. Se trata de una experiencia que produce, con frecuencia, tensión y desconcierto. Nos movemos entre el acoso de la tribulación y la llamada a confiar en el Señor; entre la angustia de la persecución y la promesa de que el Señor va a estar siempre con nosotros; entre la amargura del fracaso y la esperanza de que la fuerza de su Palabra y de su Amor se manifestarán definitivamente en la historia. Nos sentimos instrumentos débiles, con tendencia a olvidar lo que Pablo afirma desde su propia experiencia: “que todo esto es para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”. No podemos olvidar que la palabra más fuerte y convincente pronunciada sobre el amor de Dios la encontramos en el silencio del Crucificado que se confía totalmente en las manos del Padre.

3. Ésta es precisamente la verdad que aparece con fuerza en la experiencia martirial de nuestros hermanos. 

 

Creyeron en el amor del Padre y se confiaron plenamente a Él. En su camino espiritual lo habrían ya intuido e incluso experimentado con mayor o menor profundidad. Pero es en aquel momento, cuando despojados de todo, incluso de su libertad, se sintieron paradójicamente libres para confiarse sin reservas a su Abbá. Les habían arrebatado todo, pero el amor del Abbá y la libertad para confiarse a Él no la puede arrebatar nadie. Creyeron en el Dios del Reino y, por ello, fueron capaces de entregarlo todo por el Reino de Dios. Es un hermoso testimonio. Necesitamos llegar a esta experiencia radical de libertad, posible cuando se ha sido despojado de todo, para poder creer verdaderamente en el amor del Padre y darlo todo sin reservas por el Reino.

 

Seguramente vivieron su camino martirial con temores. ¡Qué pensamientos no les habrán acechado durante sus largos días de cárcel! Sin embargo, la gracia de Dios y el apoyo de la comunidad les fueron introduciendo en aquellos ámbitos de libertad donde el “Sí” se pronuncia sin reservas y, por ello, es capaz de generar dentro del corazón aquella paz y aquel gozo profundos que aparecen siempre en los testimonios de los mártires y que son dones del Espíritu. “¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están portando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por el querido Instituto”, escribe Faustino Pérez.

 

Se fiaron de Dios que les había llamado a ser misioneros de su Reino y, cuando no podían hacerlo de otro modo, dieron testimonio de él y lo anunciaron con la entrega absoluta de su vida. El martirio es el mayor y más convincente anuncio misionero. Fueron misioneros hasta la muerte; más todavía, fueron misioneros con su muerte.

 

Impresiona meditar esta realidad. El camino de nuestros hermanos mártires de Barbastro, y de otros muchos mártires claretianos cuya memoria estamos haciendo estos días, nos obliga a entrar en lo más profundo de nuestro ser y a preguntarnos por la sinceridad y consistencia de nuestras opciones, actitudes y conductas. Ellos, al final de su camino en este mundo -y de ello eran muy conscientes- recuperaron plenamente la capacidad de ver su vida desde Dios y de redescubrirla como un misterio de amor, que la llena de sentido y la abre siempre a un impensable horizonte de esperanza, incluso cuando la muerte parece que quiere condenarla al fracaso. Supieron también mirar el mundo desde Dios, libres de cualquier otro interés, plan o proyecto. Por ello, fueron capaces de amarlo, con todo su misterio de gracia y de iniquidad, y de dar la vida para que todos llegaran a conocer el anuncio del Evangelio, al que ellos querían dedicar sus vidas. Besaron las cuerdas que ataban sus manos y perdonaron a sus verdugos porque la experiencia del amor de Dios llena el corazón de un amor al que nada ni nadie puede poner límites ni fronteras.

 

Nos conforta y alienta el testimonio de su fe y el de muchos otros claretianos que supieron dar su vida por el Reino. Los mártires son testigos de aquello que escribió Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. La fe es la que enciende en nuestro corazón aquel fuego con el que “queremos encender a todo el mundo”.

 

 

4. Hay otro aspecto que quisiera comentar en la experiencia de nuestros hermanos mártires de Barbastro. En sus últimos días, confortados por una profunda experiencia de fraternidad, recuerdan “sus amores”, todo aquello que ha sido verdaderamente importante para ellos a lo largo de su vida y que ahora siguen experimentando como fuerza que sostiene su camino.

 

A Dios le ofrecen todo. Los nombres de Jesús y de María aparecen en sus oraciones y en las jaculatorias que van repitiendo; también en los escritos que nos dejan. Experimentan de un modo especial el amor del Corazón de la Madre. Se sienten parte viva de la Iglesia que está siendo perseguida y con ella quieren ser fieles al mandato misionero de Jesús. Rezan por el pueblo al que esperaban poder anunciar el Evangelio. ¡Qué bellas las palabras de Rafael Briega que, entendiendo que su sueño de ser misionero en China quedaba ya truncado para siempre, ofrece su vida para que la luz del Evangelio llegue a aquel pueblo que él ya amaba tanto! Recuerdan a sus padres y a sus familias; hacia ellos va un recuerdo tierno y agradecido porque fueron quienes les introdujeron en el camino de la fe y les acompañaron en su vocación misionera. No quieren que sufran; los sienten cercanos y les piden que den gracias al Señor por haber concedido la gracia del martirio a sus familias.

 

Con un relieve especial aparece y se expresa su amor a la Congregación. La repetidas expresiones de todos ellos se resumen en aquel abrazo que Lluis Casadevall le pide a Pablo Hall que dé al P. General en nombre de todos, antes de que el compañero argentino partiera liberado por ser extranjero. Se expresa igualmente de un modo conmovedor en la carta de Faustino Pérez que leemos en el Oficio de lecturas de la liturgia de hoy: “Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y de muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, Congregación querida!”

 

Dejemos que esta sangre entre realmente en nuestras venas y que sea la que haga latir nuestro corazón durante este Capítulo General. Estad seguros de que, si es así, seremos capaces de “buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia” y de que las palabras que alcancemos a decir serán verdaderamente portadoras de vida para nuestros hermanos.

 

 

Roma, 13 de agosto, 2009