El paciente
09-09-2007
El paciente era muy paciente, pero toda paciencia tenía un límite. A él lo habían ingresado para un examen general, y llevaba allí varios años, durante los cuales lo habían sometido a toda clase de análisis, pruebas e intervenciones quirúrgicas, sin que nadie —óigase bien: nadie— se hubiese dignado darle la más mínima explicación. Era verdad que la medicina había evolucionado mucho, y que las cicatrices que dejaban las operaciones eran cada vez más discretas. Pero, si él se levantaba la bata —¿veían?—, en su piel se podían apreciar las rutas que habían seguido los cirujanos. Su cuerpo era algo así como un mapa de carreteras en el que se podían leer los acelerones, desvíos, marchas atrás, ralentís, pinchazos y embotellamientos de los avances médicos. Tenía cicatrices semicirculares, ascendentes, descendentes, en diagonal… ¿Veían? Aquella autopista en medio del esternón era de cuando lo habían abierto para comprobar que no necesitaba válvulas coronarias. Y esa otra autopista en la espalda, desde el omoplato hasta la cintura, era de cuando le habían efectuado el trasplante de riñón. ¿Y esa casi minúscula señal de prohibido el paso que le había quedado a uno de los lados del abdomen? Pues era el resultado de la extirpación del apéndice. ¿Y aquella línea irregular, como una carretera comarcal, a lo largo del antebrazo? Pues, del reemplazo de su hueso cúbito natural por otro de platino. El paciente era muy paciente, pero estaba hartito —que lo oyeran bien: hartito— de tanta visita inesperada. Semana sí, semana también, ahí se presentaba el médico jefe acompañado de estudiantes y, en un lenguaje que él no entendía, les explicaba su caso. Mejor dicho, sus casos, porque siempre eran diferentes. Una insuficiencia hepática por aquí, una inflamación del colon por allá, un posible tumor en el estómago… La Guía Michelín en la que se había convertido su cuerpo parecía abarcar los puntos más lejanos de todos sus sistemas corporales. Así que había llegado a un punto en el que había que decir: basta. ¿Lo entendían? Basta. Él había sido ingresado el 21 de julio del 2055, y estábamos a 31 de diciembre del 2060, y, hasta ahora, no había dicho ni mú. Pero, ya era hora de que le explicaran lo que tenía, o de que de le dieran el alta. Eso: el alta. Y, él, a su camión, que era lo suyo.
Cuando le fueron con las exigencias del paciente al director médico, éste comprobó la ficha de ingreso y se quedó estupefacto. Pero, ¿cómo? —balbució—. ¿Éste no era el hombre que había donado su cuerpo a la ciencia?