Un día increíble

08-07-2007

¿No había sido un día increíble?, preguntaba ella. Primero, habían coincidido en la oficina de seguros, a donde los dos habían acudido a peritar el coche. Allí, eran apenas dos desconocidos que habían intercambiado una mirada cómplice de resignación. ¿Qué se le iba a hacer? Los coches se llenaban de bollos y había que arreglarlos. Luego, se habían vuelto a ver en la agencia de viajes. A ella ya la habían atendido y, al salir, lo había visto aguardando turno. Él había levantado la vista de un catálogo justo en el momento en el que ella abría la puerta de salida. Ninguno de los dos había hablado, pero un fulgor mutuo de reconocimiento se había reflejado en sus miradas. Después, al volver a coincidir en la librería, casi parecía de mala educación no decirse nada, pero se habían limitado a sonreír. Lo gracioso, según confirmaron después, había sido que ella había estado ojeando un libro de Paul Auster, pero finalmente se había decidido por uno de Vila-Matas, y, en cambio, él había preguntado por un libro de Vila-Matas, pero había acabado comprando uno de Paul Auster. ¿Había, o no había razones para pensar en el destino? Dos desconocidos coinciden a las diez de la mañana peritando un coche, luego vuelven a encontrarse en una agencia de viajes, luego entran con minutos de diferencia a la misma librería y finalmente —ahí ya les había entrado la risa— eligen el mismo restaurante de comida rápida. Perdona, me siento con derecho a sentarme a tu misma mesa, le había dicho él, y a ella le había encantado esa forma directa y resolutiva de iniciar una relación. Luego le había preguntado por el libro que acababa de comprar y, cuando ella le había dicho que uno de Vila-Matas, él le había hecho sacar el libro de la bolsa para comprobar que no estaba mintiendo. Y lo mismo había hecho ella cuando él le había mencionado a Paul Auster. Era increíble, sencillamente increíble. Pero las coincidencias no habían acabado ahí. A él también le gustaba el teatro y tenía previsto ir a la representación de esa noche. ¿Calixto Bieito? Le encantaba. Vaya… Vaya…Vaya... Ella, ya como en una nube, había quedado con él para ir al teatro, para cenar y para tomar una copa, y ahora se arrebujaba contra él en la intimidad de las sábanas, convencida de que había encontrado al hombre de su vida. ¿No era increíble que dos personas tan parecidas se hubieran encontrado?, le preguntaba, mientras lo besaba dulcemente. Juan Tenorio Price no quiso decirle que no, que eso no tenía nada de raro. A él le pasaba siempre.