Siempre que se pueda es mejor recompensar y alabar el buen comportamiento cuando se dé, que castigar el malo. Induce más al buen comportamiento el rol de alabar y animar al niño que la actitud de padre crítico.
Lo que más desean los niños es la atención de los padres. Aunque a veces a través del mal comportamiento puede que estén expresando su sentir interior, es trabajo del adulto saber identificarlo. Así se le pondrán los límites adecuados pero también se escuchará ese doble mensaje.
Cuantas veces ese portarse mal hace referencia a un sentimiento de enfado, frustración, no sentirse bien consigo mismo, ansiedad o sobrecarga. O también soledad, y para él es mejor la atención negativa que la indiferencia,
Por ello el adulto no debe enfadarse con el niño, no debe tomarse como personal ni afectarse por el mal comportamiento. El niño no se lo está haciendo “al padre”, sino que es una expresión del interior del niño. Hay que saber leer detrás del comportamiento.
Cuando se deba castigar un comportamiento, en lugar de implicarse y enzarzarse emocionalmente (esto lleva a sentirse culpables) lo que harán los padres es poner los límites con autoridad y autoconfianza. No de manera permisiva ni tampoco dictatorial, sino con cercanía emocional y de manera clara.
Estos límites claros, estos “No, porque no es bueno para ti”, ayudan al niño a generar recursos para afrontar frustraciones y le dan seguridad. Cada familia con su estilo de educación, con los límites según su manera de pensar, pero que los haya.
Hay que proporcionarle al niño situaciones en que pueda sentirse exitoso y se le pueda alabar por su buen comportamiento. Es importante que el niño se sienta “bueno”, que es digno de alabanza (incluso no incidir en pequeños malos comportamientos) así en algunos casos se puede invertir el sentido de su actitud.
Que pueda oír comentarios sobre su parte buena, sus habilidades. Salir del rol “de niño malo” puede suponer un gran alivio para él.
Dentro de la familia lo que más influirá es el ejemplo de los padres, aunque el resultado sea a largo plazo, por ello es básico la confianza en ellos. Y, a la vez que se van poniendo los límites de manera muy clara y consistente, darles tiempo para crecer y que su sistema de autorregulación vaya madurando.
Pero cuando sea necesario utilizar el castigo habrá que tenerse en cuenta lo siguiente:
-Mientras menos tiempo transcurra entre un comportamiento y su castigo o consecuencia natural más efectivo será.
-Que esté acompañado de una explicación corta y sencilla.
-Que sea consistente y ese comportamiento siempre sea castigado, no a veces si y otras no. Que el límite sea claro.
-Que no sea con desprecio. Si la relación con la persona que castiga es de cercanía emocional el castigo o reflexión incidirá más en el niño.
-El castigo con agresividad es contraproducente, ya que la regenera.
-Si el castigo o riña es constante puede provocar en el niño sentimientos de impotencia y llevarle a la pasividad o la agresión.
Para concluir: Más que el castigo, cuánto más incide en el comportamiento del niño que se sienta querido, que se le demuestre afecto, sienta que los padres lo disfrutan, que sean claros, consistentes y confían en él que a medida que vaya creciendo hará las cosas cada vez mejor.
Pilar Benet Ollé
Psicóloga
Mèdica de Tarragona